La economía y el concepto empresarial de la nieve se han ido haciendo protagonistas, como todos sabemos, de este valle y han introducido en él cambios socioeconómicos objetivos, muy visibles incluso hasta en la transformación del valioso hábitat rural tradicional, especialmente hoy, momento en el que no hay pueblo sin las gigantescas siluetas de unas grúas meciéndose sobre sus tejados.

Pero en esa ladera del Gállego alto, por lo general de escasa personalidad, hay sin embargo dos valles significativos. Uno es el barranco de Culivillas, que tuerce, se angosta y empina hacia el rellano de las Mallatas y los ibones de Anayet. Su parte inferior ha sido ya incorporada a los usos de la estación de esquí, con sus inevitables remontes, postes, cables, carretera, aparcamiento, construcciones, tráfico y masas. Damos por sentado, y no sé si hacemos bien, que el Anayet y sus ibones están protegidos y, en consecuencia, son intocables. Si no fuera así, algo muy serio, muy grave sería cuestionable en la política de protección de la naturaleza en esta montaña.

El otro valle, situado inmediatamente al norte, tiene el singular nombre de Espelunciecha, de raíz clásica, pues significa en castellano "El Covacho" (como Espeleología es la ciencia de las cuevas). Efectivamente, un abrigo natural en una peña, destacada en un marcado rellano alto, ha sido y es aprovechado alternantemente por los pastores y las marmotas y es bastante probable que de ahí derive el nombre. Aún hay ganados por aquellos prados, por lo que el valle tiene un claro rostro en el que hay huellas no sólo físicas sino de cultura rural tradicional.

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Imagen enmarcada para el recuerdo, si no se remedia a tiempo dentro de poco este paisaje que hoy invita a la reflexión, será devorada por la todo poderosa Aramón (consorcio entre Ibercaja y el Gobierno de Aragón.)