AMIGO ARTURO
Todavía guardo en memoria tus primeras palabras, que como no podía ser de otra manera, fueron  de bienvenida, fueron, o al menos así las entendí, en ellas se vislumbraba una especie de modesto decálogo, yo diría el decálogo, para el buen hacer y el mejor entender.  Me sirvió durante los años que estuvimos juntos. . . la verdad es que pasados muchos más, todavía me sirven.

El respeto mutuo fué moneda de cambio, en ese tiempo de convivencia, las relaciones de trabajo  estaban muy condicionadas por el “status”, la lección recibida por muchos. Y aprendida por pocos, no pudo ser más gratificante. La resumiría de esta forma. Es posible concentrar en una misma persona, autoridad y amistad, la respuesta para mí es muy fácil. . .  si, y se llama Arturo.

Siempre admiré, y creí en tus dotes de malabarista con la palabra, en el difícil arte de negociar situaciones complicadas, la convivencia entre personas no siempre es grata, y demanda grandes dotes de paciencia, formas, y maneras de hacer entrar en razón a las partes implicadas. Por ello, doy fe, y constato que lo conseguiste en numerosas ocasiones.

Tengo pena de no haber tenido como aliado al tiempo, para seguir disfrutando de tu amistad, una amistad con raíces que se extienden en largas conversaciones sobre nuestras inquietudes, en la que la mayoría de las veces, no era sorpresa  un  cúmulo de coincidencias. Fue fácil, muy fácil, nuestro tiempo y será difícil, muy difícil, olvidarlo.

De tarea inacabada, es la sensación que me produce el haber dejado excesivo tiempo entre visitas, al mismo tiempo, siempre sentí su proximidad, en ello, era para con todos igual de efectiva, a través de sus relatos digitales nos hacia cómplices de viajes y vivencias, que con sana envidia seguía y oteaba.

Una satisfacción cumplida, es la de sentirme instigador, en el retomar a la fotografía como afición, y hacerla  herramienta con la que parar el tiempo, momentos mágicos, centésimas de segundo que generan emociones, por decenas de años. Sé que esos momentos pervivirán.

Acabo y no quiero acabar, sin agradecer tus consejos, tu apoyo en momentos que lo necesite, tu perdón, que también fué necesario, y sobre todo dar las gracias por lo mucho aprendido, imposible de hacerlo, si no hay maestro.

Por ello y por muchas cosas más. . . . . . . . . Gracias Arturo.

               De. . . Fernando Cartagena Tejero.                     En Septiembre del 2010

EN MEMORIA DE ARTURO BOSQUE FOZ

Siempre me ha parecido que podríamos volver a  empezar, Arturo.
Siempre había pensado que, en el caso de que nuestra democracia corriera graves riesgos, sería cuestión de ponerse de nuevo manos a la obra, contigo, para reconducirla contra todos los miedos, (por supuesto que incluso los nuestros), contra los abusos de poder.
Siempre me había parecido que si las cosas se torcían demasiado sería posible volver a vivir contigo, aquel vértigo del que participamos, sí vértigo…  aquel que, por fortuna,  ahora queda tan lejos… que parece como si de un sueño se hubiera tratado….
Siempre  lo había pensado… hasta hoy.
A partir de ahora serán los recuerdos, la espléndida memoria que has dejado como parte de aquella generación, que se encontró, que nos encontramos,  con la necesidad de elegir entre….  dejar pasar las cosas… o forzarlas. Sí, a partir de ahora debería apelar…  a la memoria que has dejado como parte de aquella generación que tuvo, que tuvimos, que elegir entre…  ser espectadores o protagonistas.

                                                          

Porque… es que hay vidas…  y vidas. Unas permanecen secuestradas, alienadas, gregarias, siempre con el yugo puesto; mientras que otras son arquetipo de autoconciencia, partícipes de ese ser colectivo que da cuerpo al existir y que se condensa…  temporalmente en unos  nombres, en unos apellidos, y que a la vez fluyen,  y se difunden, y penetran en el todo social; y lo cambian, y lo dirigen, y lo transforman.

Arturo controló siempre su vida de una insólita manera, y cambió y transformó  su entorno, ejerciendo una especial forma de racionalidad, como era la suya. Para él no había distancia alguna  entre las conclusiones de su razonamiento y los hechos del día siguiente; es más, la conclusión siempre  debía tomar la forma de algo factible… para ponerlo en práctica él. En ese hacer, carecía de rubor alguno, llamaba e inquietaba a los que pretendía despertar sin reserva, sin fronteras, sin cautelas. Procuraba la clara visión de los intereses de los que tenía a su lado. Decidía colectivamente, con un extremado respeto por la opinión de los compañeros de viaje. El riesgo de que las fuerzas de los que tenía enfrente fueran mayores, no pesaba demasiado, pues estaba todo por definir, por corporeizar… Arturo personificaba la negación radical del elitismo y del narcisismo. Arturo no reconoció otra autoridad que la del razonamiento y la solidaridad.

                                                   

En su juventud la religión, inyectada en vena por aquella España dominada por la caspa, la  violencia, y la ignorancia, le hicieron tomar un camino… del que sus hormonas pudieron sacarle a tiempo.

Tras su matrimonio, la razón, le llevó a escapar de la gran ciudad, pues sabía que la vida pasa…  Se vino a las montañas… y estas le dieron la felicidad con su esposa y empezaron a nacer sus hijos que le obligaban a renovar, año a año, su tarjeta de felicitación para Navidad, siempre llena de sonrisas.

En la transición democrática fue un luchador, que de nuevo con la razón por delante impulsó, como nadie, la participación sindical y política. Desde su sitio, entre los trabajadores, junto a los explotados económica y culturalmente. Dio forma a su sueño durante muchos años y  corporeizó la racionalidad militante, como nadie. Estaba donde había que estar, en las organizaciones sociales, el primero, arrastrando, empujando… con su interpretación de  lo justo e injusto. Eran tiempos aquellos, en los que había que esperar los frutos… pero…  para Arturo no llegaron suficientemente maduros.

Sí  llegó para él la decepción, el paso atrás, el distanciamiento. Sus razonamientos aceptaban difícilmente el  gradualismo, el  “tempo de lo posible” aceptado en la práctica, y mucho menos toleraban sus razonamientos, en la gente próxima, el oportunismo de algunos, la corrupción de otros. El vacío que dejó en  la participación fue tan importante como su anterior impulso. Creo, sin embargo, que en sus últimos años se abrió un punto al posibilismo.

Ha combatido, hasta el último momento,  la fabulación, el engaño milagrero, la explotación de la credulidad, en ejercicio de su innata rebeldía contra la impostura.

Le llegó la bendición de sus nietos… y con ellos cada año, una sonrisa nueva que incluir en la tarjeta de Navidad. Se convirtió en artesano captando imágenes instantáneas… de forma que trenzando sonrisas infantiles… las convertía en perennes y eternas…. Era feliz paradójicamente, practicando esa magia.

Al final se dedicó a buscar la verdad entre las estrellas. Y entre ellas ha quedado prendida su mirada… enredada entre las constelaciones… como parte del polvo cósmico de las nebulosas…

                                                        7 de septiembre del 2010. José Luis Sánchez Sáez